Mi mochila compañera de viajes.

Inevitablemente, desde que hice la mochila aquella primera vez para irme a Costa Rica, el tema de los viajes ha sido recurrente en las posteriores conversaciones que he mantenido, tanto con mis amigos, como con conocidos.

Muchas son las dudas y curiosidades que he ido contestando, y muchas las historias que he tenido la suerte de poder explicar, pero hay una pregunta que ha destacando por encima de las demás, la cual, cuando aparece, casi siempre suele ser hacerse la primera:

¿Te ha pasado algo malo?

Tras analizarla detenidamente, me di cuenta que detrás de aquella pregunta se escondían todos los miedos e inseguridades de los que me la hacían.

No entraré a valorar el por qué de esos miedos en este post, sólo diré que yo, cuando decidí hacer ese gran cambio, no era diferente ni estaba mejor preparado que nadie para hacerlo, aunque hoy, recordándome solo esperando por mi mochila en el aeropuerto de San José, puedo asegurar que nuestra capacidad de adaptación ante cualquier situación es muchísimo más grande de lo que la monotonía nos permite recordar, y no nos engañemos, viajar con recursos es fácil, muy fácil.

Ya, pero entonces, ¿Te han pasado cosas malas, o no?

Ok, aquí va una lista de cosas malas que me han pasado que, una vez os explique, veréis que no son para tanto:

1. Perdí mi tarjeta de crédito en Uruguay.

El último Domingo de Semana Santa tuve la suerte de poder cruzar el Río de la Plata, desde Carmelo, en Uruguay, hasta Argentina, en el único lugar del barco que había quedado libre en dos días.

Cuatro días después, al ir a retirar dinero en un cajero de Buenos Aires para poder pagarme la entrada a una piscina, mi tarjeta no apareció por ningún lugar. Me la había dejado olvidada dentro de la máquina de la compañía de ferris con la que me cobraron el billete. ¡En Uruguay!

En ese momento, al verme sin ningún otro medio económico, me di cuenta de que la tarjeta es de las peores cosas que puedes llegar a perder cuando estás viajando, incluso peor que el Pasaporte.

Por suerte, Mika, la amiga que me estaba alojando en Buenos Aires, me ofreció seguir en su casa hasta que solucionara todo. Más suerte fue que, tras un par de llamadas a la compañía, el capitán del barco me trajo la tarjeta personalmente al día siguiente.

2. Perdí mi avión en Brasil.

Creo que era también Domingo cuando mi amiga Lili y yo estábamos llevando en coche a un viajero Japonés que habíamos conocido volviendo a Salvador de Bahía esa misma mañana. Me recuerdo pensando lo mucho que me hubiera gustado que mi avión de regreso a Río de Janeiro saliese ese mismo día, y no la tarde siguiente como estaba programado.

Al día siguiente, en el mostrador de facturación, ninguna de las 3 personas que se habían reunido a mi alrededor era capaz de relacionar el número de vuelo de mi tarjeta de embarque con ninguno de los vuelos que salían aquel día, hasta que se les ocurrió comprobar la fecha y decirme, de una manera más comedida de lo que me merecía:

Seu vôo foi ontem (su vuelo fue ayer)

Pasajeros y trabajadores me miraban, y enseguida me di cuenta que no había nada que pudiera decir a mi favor. Asentí, y me fui riendo hacia los mostradores de compra, donde acabé pagando muchos más reales por un billete para el mismo avión en el que tenía pensado viajar.



3. Tuve que vacunarme de Fiebre Amarilla en Panamá.

Después de volar desde Brasil hasta Panamá, con la intención de ir subiendo poco a poco dirección a Costa Rica, me advirtieron de la posibilidad de que en la frontera me pidieran la cartilla de vacunación con la Fiebre Amarilla sellada.

Tras informarme mejor, me di cuenta de que efectivamente Costa Rica exigía estar vacunado de la fiebre amarilla a todas las personas que venían de alguno de los países tropicales que aparecían en una lista de riesgo. Brasil estaba en ella.

Tenía la alternativa de esperar en cuarentena diez días, para ver si me aparecían los primeros síntomas de fiebre ó si por el contrario no estaba contagiado, pero tenía prisa y esperar no era una opción.

Pese a mi pequeña fobia a las agujas, decidí ir al único centro de vacunación que había en toda Ciudad de Panamá; Una pequeña casa situada a pocos metros del Canal, donde me cobraron 5 dólares por acceder a dejarme pinchar en un hombro. Sabía que en la frontera me iban a cobrar 60 por el mismo pinchazo, así que no protesté demasiado.

Al sellar la entrada a Costa Rica, el día siguiente, evidentemente nadie me pidió que mostrara la cartilla.

4. Me sellaron para estar 5 días en Costa Rica, en lugar de 90.

Volviendo de Nicaragua a Costa Rica, por la frontera de peñas Blancas, después de hacer una fila de cuatro interminables horas, a pleno sol, y con una fiebre bastante alta, conseguí que una oficial de aduanas, visiblemente molesta con el mundo, me sellara el pasaporte y poder así llegar a tiempo al autobús que estaba a punto de salir hacia la capital.

Ya en Costa Rica, y en pleno viaje de autobús hacia San José, se me ocurrió sacar el pasaporte para ver el sello que me acababan de poner. Al encontrar la página me di cuenta que, donde debería de estar el sello con un tranquilizador “90 días” escrito dentro, estaba decepcionantemente acompañado por un 5!

Unas horas antes había entrado en el país mostrando un billete de avión a mi nombre que salía desde Panamá hacia Caracas tres días después. Tenía ese billete comprado desde hacía un mes, ya que Venezuela iba a ser mi siguiente destino, y porque sabía que Costa Rica siempre exige que se demuestre que se va a salir del país antes de la finalización de los 90 días de estancia legales que permite el permiso de turista.

Mis siguientes días se convirtieron en un sucesión de viajes a embajadas, consulados, y oficinas de inmigración para, tras acabar pagando 100 dólares, conseguir entregar una solicitud de ampliación de mi estancia a 90 días. Curiosamente, el día que me dijeron que la solicitud había sido aceptada, me compré un billete que me sacaría del país de nuevo antes de una semana.



5. Me multaron por pasarme del tiempo de mi permiso en Brasil.

Cuando abandoné el aeropuerto de Río de Janeiro para salir definitivamente de Brasil, los oficiales de aduanas me hicieron pasar amablemente a una habitación. Tras esperan unos minutos, me comunicaron que me había excedido de los 90 días de mi permiso de turista, y que debía pagar una multa de 8 Reales por cada día que había estado de más en el país. Mi sorpresa fue que no debía pagarla en el momento, si no cuando decidiera volver a entrar en el país.

Brasil me había enamorado, por eso estuve tanto tiempo allí, y también por eso sólo pude sonreír y, en un portunhol muito ruim, añadir:

Não é um problema para mim. Quando eu voltar, ficarei tão feliz que será um prazer pagar por isso. ¡E com certeza vou voltar!

6. Enfermé, me descompuse, y me lesioné varias veces.

En  Nicaragua me subió la fiebre tanto que, junto con los demás síntomas que tenía, pensé realmente que me había contagiado de Dengue. Resultó ser una infección en las anginas.

En México, tras esquivar la venganza de Moctezuma, maldición estomacal que hace que todos los extranjeros que llegan al país se descompongan intestinalmente, acabé con náuseas en una consulta médica, para ser diagnosticado de una bacteria estomacal, la cual podía haber contraído hacia meses, y que se desapareció, igual de rápido que vino, al tercer día de antibióticos.

El mal de estómago también me vino a visitar a Bolivia, después de haber comido unas empanadas de queso que estaban realmente buenas, pero sospecho que no demasiado higiénicas, y tras beber del agua de un grifo no recomendo en Uruguay. En ambos casos fueron sólo tres o cuatro días descompuesto del estómago, pero que viví con pánico a estornudar.

En Valparaíso, Chile, me quemé la mano tras rociármela con aceite hirviendo mientras cocinaba hamburguesas en un hostel. Lo positivo fue descubrir en la farmacia una crema milagrosa que me evitó ampollas, y me acortó los días de dolor.

En Costa Rica, mientras caminaba por un sendero de tierra que me llevaba hasta la playa, sin que pudiera preverlo, un perro se acercó por detrás, y me mordió en la pierna izquierda. Podría decir que era muy grande y de una raza especialmente peligrosa, pero no. Era un mestizo de menos de 15 kilos que después de eso salió corriendo conmigo detrás.

7. Me quedé atrapado en la frontera de Paraguay.

Para poner en situación, la frontera entre Paraguay y Bolivia consiste en dos pequeños y precarios puestos fonterizos, uno en cada país y separados entre sí más de 100 km., con el añadido de que, además, la frontera está situada en mitad del Chaco; Un desierto de más de 1000 km. en línea recta, el cual es casi imposible y muy peligroso cruzar sin vehículo.

Acababa de conocer a Ricardo, un viajero portugués que también viajaba hacia Paraguay, en un pueblo cercano, y una furgoneta nos llevó hasta la frontera, donde nos bajamos, ya de noche, para sellar la salida de Bolivia, y donde, con mucha suerte, conseguimos sitio en un camión para poder llegar hasta el lado paraguayo.

Casi dos horas después, al llegar al otro lado e intentar sellar la entrada, nos encontramos que estaba cerrada, y sin la posibilidad de entrar a Paraguay hasta el día siguiente. Estábamos en mitad de la absoluta nada, en un paisaje oscuro y silencioso, al que nos habían aconsejado no entrar solos.

Como contaré en un inminente próximo Post, terminamos haciéndonos amigos de los policías federales, y estos nos dejaron dormir y ducharnos en una habitación de un pequeño barracón que estaba vacío.

Dormimos tan bien, que al día siguiente les costó bastante echarnos.



8. Fui atacado por el mal de altura, o Sorojchi, en Bolivia.

Al principio fueron mareos, dolor de cabeza, desorientación, y náuseas, agravados por la sensación de no poder respirar, pero cuando las infusiones de coca me estabilizaron y eliminaron los primeros síntomas, la sensación de ahogo se adueñó de mi cuerpo, y no liberó mis pulmones hasta que, varias semanas después, volví a descender desde los 4000 hasta los 2000m. de altura. Entonces, mis pulmones volvieron a descomprimirse, y pude recuperar toda la capacidad pulmonar.

Fue una de las peores sensaciones de todo el viaje. El hecho de tener que descansar por haber subido cinco escalones, o de no poder respirar correctamente si hablaba más de tres frases seguidas, hizo que le prohibiera a todo el mundo hacerme reír. Quizás por eso recuerdo a La Paz como un lugar muy serio.

9. Me rociaron con meados en Bolivia.

En La Paz, un apacible viernes mientras esperaba en una esquina para cruzar la calle hacia el supermercado, una anciana asomó de debajo de las mantas y de los cartones en los que estaba semi-escondida para, tras pronunciar unas palabras ininteligibles, abrir una botella y rociarnos con todo su contenido.

No le dimos mayor importancia hasta notar el intenso e insoportable olor que desprendían las zonas sobre las que había acertado. Después de lavar insistentemente la ropa y el cuerpo, decidimos convertir los siguientes viernes en el día de “tírale meados al gringo”.

10. Me robaron ropa en Costa Rica, y en Argentina.

Viajando siempre suelo ser especialmente cuidadoso con las cosas de valor que llevo, pero aun así, consiguieron robarme en dos ocasiones.

En Costa Rica no encontré unas gafas de sol por ninguno de los pocos rincones de la mochila, y al abandonar una pequeña localidad de Argentina, me di cuenta que el contenido de esta ocupaba ligeramente menos de lo que estaba acostumbrado. Al revisar todo, habían desaparecido dos camisetas. Eran viejas y reemplazables.

A los presuntos culpables nunca más los volví a ver.

11. Quedé atrapado en Chile, y en Brasil.

Las dos veces estaba intentando encontrar la forma de cambiar de país, y de un día para otro, los precios de los billetes de avión se multiplicaron, dejándome atrapado con ello.

Estando en Valparaíso, Chile, y como ya comenté ligeramente en mi crónica del desierto de Atacama, cuando fui a comprar un billete de avión que me permitiera cruzar todo el desierto y parte del país, los precios de los billetes habían subido de 20 a más de 200 dólares desde el día anterior. Acabé teniendo que viajar 24 horas seguidas en un autobús del infierno.

Desde Brasil tenía que continuar mi viaje cruzando hasta Perú, y seguir hacia el norte del continente suramericano desde ahí. Había calculado un margen de tiempo generoso antes de comprar el billete, pero se me pasó por alto un insignificante detalle.

En apenas un mes empezaban los Juegos Olímpicos de Río, y con ellos los precios, tanto de entrada como de salida del país, se iban a multiplicar por 6.

Pasé los siguientes dos meses intentando buscar un lugar desde el que poder llegar a Perú, pero ni los precios de avión, ni las distancias interminables del país, ni mucho menos el amazonas, me lo permitieron. Nunca estuve en Perú.



Y bien, ¿crees que ha sido para tanto?

Puedes dejar un comentario sobre el por qué crees que me suelen preguntar tanto si me han pasado cosas malas, o simplemente explicarme qué cosas te han sucedido a ti viajando. Así podremos convencer entre todos que viajar no es más peligroso que otras cosas que hacemos habitualmente.


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11 Cosas malas que me han pasado viajando
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